
Mientras encendía el cigarrillo, tendido sobre la cama, con el desorden aún de las sábanas, Mario recordó, sus ojos, su pelo largo y suelto, su cuerpo desnudo, la piel sedosa, el sabor de sus labios. Podía verla con absoluta claridad y deseaba atesorar cuidadosamente aquel momento de felicidad. Embriagado por el recuerdo, de pronto, sintió el dolor que produce la verdad. Solo se había tratado de un sueño. Ella nunca existió.