
Aún recuerdo, aquel mes de febrero, en que circulaba un rumor por los cafés de Viena que tenía a todos los ciudadanos en vilo. Haciendo caso omiso a tan descabelladas habladurías y como desafío a un bulo supuestamente infundado, yo seguía puntual a mi cita matutina en el café de la esquina. En la mesa número ocho, junto a la prensa diaria, pasaba mi primera hora de la mañana entre olores a café y pastelería recién salida del horno, en un lugar privilegiado frente al ventanal. Serían cerca de la diez de la mañana, cuando un hombre cercano a los cincuenta empujó la puerta. En el descansillo, bajo un ventilador de aire caliente, se atusó con las palmas de las manos el resto de una melena de una añorada época hippie. Llegó apenas media hora después que yo, pasó detrás de mí y se instaló en la mesa contigua. Pidió un café, sin dejar de apartar los ojos de la calle mientras se quitaba la chaqueta pausadamente. Al cabo de unos minutos, llegó una mujer de edad incierta, caminó hacia mi mesa, me miró como si dudara en detenerse, pero prosiguió hasta la que se encontraba a mi lado. Mi vecino, tal vez por la impresión, ni siquiera hizo un gesto por levantarse. Se saludaron fríamente, pero con cierto aire de cordialidad, como a quien se espera, pero se ve por primera vez. Se sentó frente a él, de espaldas a la visión de los transeúntes caminando bajo la nieve, ni siquiera se molestó en quitarse el abrigo, solo en despojarse con sumo cuidado de unos guantes de cuero. Con una sonrisa gélida, sus manos se entrelazaron en un eterno silencio.
Hoy, después de tanto tiempo, sigo fiel al mismo café y al mismo lugar, junto a la estatua de piedra que ocupa la mesa número nueve.
Hoy, después de tanto tiempo, sigo fiel al mismo café y al mismo lugar, junto a la estatua de piedra que ocupa la mesa número nueve.