
Cerré la puerta despacio, sin hacer ruido. Allí estaba ella esperándome, vestida para la ocasión. Con los brazos cruzados, taconeando impacientemente su pie derecho, miraba insistentemente su diminuto reloj de pulsera. Advertí la señal de protesta.
Así comenzó, como últimamente venía siendo habitual, su monólogo convertido en un incesante interrogatorio: “¿Por qué tienes que llegar siempre tarde?, ¿de dónde vienes a estas horas?, ¿con quién has estado?…”
Mientras tanto, andaba de un lado para otro de la habitación, gestualizando con ostentosa expresividad y vocalizando con tal perfección, que incluso yo, me llegué a sorprender.
Sin duda, debió ser una magnífica interpretación. El público se reía a carcajadas.
Así comenzó, como últimamente venía siendo habitual, su monólogo convertido en un incesante interrogatorio: “¿Por qué tienes que llegar siempre tarde?, ¿de dónde vienes a estas horas?, ¿con quién has estado?…”
Mientras tanto, andaba de un lado para otro de la habitación, gestualizando con ostentosa expresividad y vocalizando con tal perfección, que incluso yo, me llegué a sorprender.
Sin duda, debió ser una magnífica interpretación. El público se reía a carcajadas.